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Octubre 05, 2017 15:26 hrs.
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Octavio Raziel › diarioalmomento.com

* Caja de recuerdos

En ocasiones, sin querer, sin esperarlo, tenemos encuentros de todo tipo: buenos, regulares o malos; como también están los desencuentros y los reencuentros. Hay búsquedas imaginarias, como el del amor perfecto y eterno, o con un unicornio paseado por un prado onírico.

Reencuentros como el del despertar después de esa pequeña muerte que llevamos todas las noches al lecho. Nos reencontramos con uno mismo. Abrir los ojos, despabilarnos, aceptar la maravilla de saber que regresamos de la cueva de Morfeo; de haber sido velados por Yohualtecuhtli, la diosa azteca de la noche; de sentir la vida a nuestro lado.

Hay encuentros como el que se da entre las placas terrestres o desencuentros entre aguas cálidas del trópico con las que vienen del norte. Terremotos y huracanes.

55 años de periodismo me traen de regreso vivencias de todo tipo.

El desencuentro:

Viene a mi memoria el recuerdo de la explosión de los depósitos de gas en San Juan Ixhuatepec, en el Estado de México, en 1984, donde murieron cientos de personas. En esa ocasión un hombre ya mayor que se encontraba a filo del perímetro de seguridad que rodeaba la zona que el fuego había borrado observaba el lugar. Iba yo a entrevistarlo cuando un rescatista se le acercó para indicarle que ahí ya no había nadie; que la explosión había ’evaporado’ a casi todos los habitantes del lugar.

Con una cara de profunda tristeza se volteó, me miró, y preguntó:

- Entonces ¿Ya no tengo familia? ¿Ya no tengo nada en la vida?
- Le queda la vida, le respondí; pero mi respuesta, al parecer, no le convenció.
El encuentro:

A pocas horas del terremoto de 1985 un hombre no podía creer ver a su esposa y a sus dos hijas que corrían acompañadas de un rescatista hacia su encuentro en medio del polvo esparcido por edificios que se desplomaban en la Ciudad de México. En varias escuelas esa escena de padres que iban por sus hijos que se habían salvado milagrosamente, se repetía. Eran encuentros afortunados.

La esperanza:

En la esquina de López y Revillagigedo, en la Ciudad de México, también en el ’85, una brigada de expertos en demoliciones metía sus máquinas para despejar los escombros de lo que había sido un edificio de departamentos. Mientras los trascabos engullían los cascotes y los vomitaban en grandes camiones de volteo, algunas personas veían como se llevaban todo y con todo adentro. En la contraesquina, un perro, con su collar de identificación, dirigía su mirada hacia los despojos de lo que fue un edificio. Me pregunté: ¿Esperará ver salir a alguien?

Todo lo anterior lo viví, lo sentí, y en ocasiones, hasta lo lloré. De todo ello escribí. En la vorágine de esos trágicos momentos, para quienes trabajábamos como reporteros, el tiempo era oro; todo lo teníamos que llevar a la sala de redacción. La comunicación inmediata no existía.

Carpe Diem quam mínimum postero: disfruta el momento, no des crédito al mañana; porque del mañana nada sabemos: Horacio.

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