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Catón

Lo mágico de la magia

Armando Fuentes Aguirre

Lo mágico de la magia
Agosto 05, 2019 19:51 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
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Yo creo en la magia. Si la magia no existiera, ¿cómo se podría explicar la supervivencia de este país? En mi interior deploro que ya no haya magos en Saltillo. Se fue don Eduwiges, del Ojo de Agua (’zaurino’, le decía la gente por decir ’zahorí’), cuya especialidad, según rezaba su tarjeta de presentación, era ’profetizar cosas que aún no suceden’. Se fue don Francisco Aguirre González, ’El exorcista mexicano’, quien cierto día, cuando estaba en la Alameda, fue arrebatado de súbito por una fuerza extraña que lo llevó al espacio ultraterrestre, desde donde pudo ver al mundo del tamaño de una pelota de ping-pong. Se fue doña Elvira: en su casa de la calle de Zarco leía la palma de la mano, leía la baraja española, leía la taza de té y leía el tarot. En cierta ocasión le hice una entrevista, y cuando le llevé el periódico donde salió me dijo ella con mucha pena:

-Voy a esperar que llegue m’hija pa’ que me la lea. Yo no sé leer.

Ahora no creen en las cosas sobrenaturales ni siquiera los que viven de ellas. Somerset Maugham relataba que una vez le preguntó en Roma a un cardenal:

-Dígame, Su Eminencia: ¿cuántos cardenales creen en el infierno?

Luego de pensar un poco respondió el príncipe de la Iglesia:

-Cuatro. No: tres.

Yo tengo la impresión de que algunos señores sacerdotes no se acuerdan ya de los santos y las santas. Muchas iglesias ni siquiera los tienen en sus altares o en sus muros. Esos templos parecen más bien bodegas. Necesita uno ir al sur, a Puebla o a Oaxaca, para ver iglesias como aquéllas de nuestra niñez, llenas de un abigarrado concurso de santitas y santitos, cada uno con su particular clientela: Santa Lucía para los males de los ojos; Santa Apolonia para el dolor de muelas; San Antonio para encontrar marido y hallar las cosas extraviadas; San Blas para las enfermedades de la garganta; Santa Cecilia, patrona de los músicos… algunos santos que gozaron de mucha popularidad ya no son santos, como San Cristóbal, protector de quienes manejan automóviles y que ahora sólo pueden encomendarse al cinturón de seguridad.

Sin embargo la gente tiene sed de lo sobrenatural. Cuando los profesionales de lo más allá de lo terrenal se ocupan de cosas terrenales, el pueblo tiene que inventarse sus propias sobrenaturalidades.

Si a los servicios religiosos se les quita su misterio, la gente acude a reuniones donde la magia flota en sanaciones y trances espectaculares. Igualmente irá con brujas y con brujos; con líderes de extrañas sectas; con practicantes de cosas esotéricas.

Los predicadores, disgustados por la disminución de su grey –vale decir de sus ingresos– llamarán al pueblo ’supersticioso’, ’crédulo’ o ’ignorante’. Pero las ansias de magia que hay en los humanos necesitan saciarse. La humanidad es mágica.

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