#La política, la gran derrota de las elecciones estadounidenses


#La política, la gran derrota de las elecciones estadounidenses

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Noviembre 05, 2020 15:51 hrs.
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Julio Túpac Cabello

Yahoo Noticiasjue., 5 de noviembre de 2020 1:50 a. m. PST

La mitad del país que, apoyando a Trump, puso en duda su liderazgo, nunca encontró interpretación política en la alternativa demócrata. Hoy la mitad de Estados Unidos está huérfana de representación institucional

La gente se manifiesta frente al Capitolio del Estado de Pensilvania para instar a que se cuenten todos los votos, el miércoles 4 de noviembre de 2020, en Harrisburg, Pensilvania, después de las elecciones del martes. (AP Foto/Julio Cortez)
La gente se manifiesta frente al Capitolio del Estado de Pensilvania para instar a que se cuenten todos los votos, el miércoles 4 de noviembre de 2020, en Harrisburg, Pensilvania, después de las elecciones del martes. (AP Foto/Julio Cortez)
Donald Trump obtuvo al menos tres millones de votos más que en 2016. El lenguaje racista, conflictivo, abusador e impropio que mostró en 2015 fue confirmado por un comportamiento arbitrario, fraudulento, tramposo y divisivo durante cuatro años, y así y todo, en lugar de mermar su popularidad, su apoyo aumentó.

El problema no es Donald Trump, sino lo que él representa: la antipolítica, la anti-institucionalidad, el primitivismo. Una figura que encarna el rechazo a la forma como está organizada la sociedad estadounidense. No estamos hablando de grupos antisistemas ni de club de pensadores, son al menos 60 millones de personas que quieren elegir el mandamacismo, la reversión del rol estadounidense en el mundo, la imposición del insulto y el poder por sobre los derechos de los demás.

Hasta que llegó la pandemia (una gran oportunidad que Trump desaprovechó como pocos líderes en el planeta) y puso de relieve la escasez gerencial del Presidente: su torpeza dejó cientos de miles de muertos, una devastación económica brutal y un país a expensas de la anarquía y el racismo.

Entonces su popularidad bajó tenazmente. Las estadísticas lo indicaron en todos los grupos etáreos, en todos los géneros, en todas las geografías. Y ante esa oportunidad, el discurso demócrata no pudo calar.

Ese tejido de ideas elevadas, educadas, académicas y abstractas, no fue capaz de acercarse a la gente, al opuesto, al que se dice representar, sino que fue despachado con un "Esto no es América".

Ese blanco rural que salió a votar por primera vez por Trump, que se ve a sí mismo en una Harley Davidson, con grandes banderas, barbas y parrillas tradicionalistas, le dio la oportunidad al partido demócrata de proponerle un destino en el que fuera incluido. Y la oportunidad no fue aprovechada.

El partido demócrata está lleno de líderes vanguardistas, estudiados y principistas, que no parecen tener tiempo para conectar con su electorado, sino que cultivan el cómodo ejercicio de hacer resonar sus ideas en el espejo, en los que piensan igual.

Los zapatos del otro
Los números hablaban de la figura de Trump, erosionada y mal evaluada. Eso no quería decir necesariamente que el elector se sintiera cómodo con la idea de ser despreciado.

Cuando Biden decía "podemos hacer esto juntos", aludía a un discurso unitario que a la mitad de los estadounidenses les sonó hueco. Sin quererlo, estaba descalificando la idea que la mitad del país había escogido hacía cuatro años, en lugar de preguntarse por qué lo había hecho para así tratar de interpretarlo.

La mitad de este país ha expresado dos veces consecutivas que no se siente interpretada por políticos tradicionales, por consignas liberales y banderas globalizadas. Pueden o no tener la razón, pero desconocer sus posturas es invitarlos a ellos a que te excluyan.

El discurso despreciativo, arrogante y muchas veces excluyente de las élites, los medios, los círculos de poder, parecía justificado por un gobernante despectivo, abusador y ofensivo que ha usado el poder para lograr sus objetivos a costa de sus rivales. Pero el rol de un líder político en democracia no es apenas el de destronar a quien esté en el poder, sino de interpretar al electorado mejor que quien está en el poder lo hizo ya.

Pero esa es una tarea difícil: implica ponerse en los incómodos zapatos del otro, aceptar que quien ve el mundo diametralmente opuesto a ti es a quien debes interpretar, y no conformarte con los que te han seguido siempre, mientras repites las mismas consignas y postulados que desde hace décadas pronuncias.

Al Partido Republicano, aún estando en el poder -eso es lo paradójico-, Trump lo hizo añicos con su figura personalista y chantajista, dejándolo sin ideas ni capacidad de discusión.

Pero al partido demócrata no, y es a quien le toca: pensar qué le hace falta preguntarse, qué otra mitad de su país no está siendo capaz de descifrar, entender que el mundo no debe ser como se lo propone, sino que es lo que es e incluye a quien incluye.

Para políticos emergentes, ésta es una era de oportunidades. La política se trata de transformar, pero antes, implica incluir a la población que te propondrás representar.

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